CAPITULO 5.- Las cartas de nadie
-Bien, el siguiente capítulo se titula
“Las Cartas de Nadie”- Aclaró su
garganta y comenzó la lectura.
La fuga de la boa constrictor le acarreó a
Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de
su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano y Dudley había roto su
nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en
la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la
anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.
-Harry, cariño, ¿Cuánto duró tu castigo?
Necesito saber- La señora Weasley lo
abrazó con fuerza para después verlo con una mirada llena de tristeza. Mirada
que tenían aquellos cercanos a Harry.
-Cerca de 2 meses señora Weasley. Pero no se
preocupe, de verdad. Míreme, salí vivo, aquí estoy.- También la abrazó, aunque se sentía
avergonzado de ello. No estaba acostumbrado a dar o recibir muestras de afecto.
Harry se alegraba de que el colegio
hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que
visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y
estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era
el jefe.
-Jajajaja te pasas Harry, cada vez me da
más risa con tus comentarios tan asertivos. Eres genial amigo- Ron reía sin parar junto a los gemelos.
Los demás se sentían muy felices de
practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry
Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo
como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en
el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza:
en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la
misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío
Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la
escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.
—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de
la gente en el inodoro el primer día
—dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?
—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres
inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y
pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo
que le había dicho.
Las
carajadas se hicieron paso en el gran comedor.
–Harry, no creí que tuvieras tan buen sentido del humor.- Dijo Fred rodando por el suelo de la risa. –Cierto, creíamos que eras un amargado- Complementó George.
Un día del mes de julio, tía Petunia llevó
a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en
casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La
señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no
parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión
y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había
estado guardado desde hacía años.
Aquella tarde, Dudley desfiló por el
salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting
llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja,
rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para
pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un
buen entrenamiento para la vida futura.
-Eso es una barbaridad. ¿Cómo pueden
darles armas a unos niños?- Se
escandalizó la Señora Weasley. –Eso es
ser poco consiente-
-No es culpa de los adultos mamá. Es culpa
de los idiotas dueños de los bastones esos. Sea lo que sea-
-Ginny, ese lenguaje- Riñó su madre, pero le dio la razón.
Mientras miraba a Dudley con sus nuevos
pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor
orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer
que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a
hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por
no reírse.
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a
tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder
de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo
estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.
—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La
mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar
algo.
—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.
Harry volvió a mirar en el recipiente.
—Oh —comentó—. No sabía que tenía que
estar mojado.
—No seas estúpido —dijo con ira tía
Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine,
quedará igual que los de los demás.
-Usted es una mujer muy desagradable señora. ¿por qué tratar de ese
modo a un niño que no tiene la culpa de nada? ¿Eso la hace sentir bien?- Luna se sorprendió de haber dicho aquello.
Normalmente no salía en defensa de las personas, pero el solo hecho de
imaginarse a Harry de pequeño siendo tratado de aquel modo por su “familia” le
molestaba mucho, y bueno, en realidad siempre decías las cosas que pensaba.
Harry se sorprendió por la
defensa de parte de Luna, pero le sonrió. Extrañamente el apoyo que ella le
daba no lo molestaba ni lo hacía sentir mal.
-Mira niña anormal, no tengo porque darte explicaciones de lo que haga
o no en mi casa y con el mocoso. Así que cállate.-
El señor Lovegood miro mal a
tía Petunia y quiso hechizarla, pero su hija tomo su mano y le sonrió.
Realmente no le importaba lo que esa muggle dijera de ella. Su padre la abrazó
y la lectura siguió mientras Ron y Hermione le sonrían a Harry insinuando algo
que no entendió muy bien pero no le dio importancia.
Harry tenía serias dudas de que fuera así,
pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no
imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria
Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un
elefante viejo.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos
frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon
abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del
colegio, que llevaba a todas partes.
Todos oyeron el ruido en el buzón y las
cartas que caían sobre el felpudo.
—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío
Vernon, detrás de su periódico.
—Que vaya Harry
—Trae las cartas, Harry.
—Que lo haga Dudley.
—Pégale con tu bastón, Dudley.
La
mayoría gruñó. No podían entender que hubiera seres tan irracionales y
desagradables (por decir poco) que alentaran a su enorme hijo a golpear a su
primo que era mucho más pequeño y débil que él. En realidad, no deberían
educarle para golpear a nadie. Es familia de muggles carecía de valores y
educación.
Harry esquivó el golpe y fue a buscar la
correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la
hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre
color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.
-La carta de Hogwarts- Dijeron emocionados los pequeños de primero y
segundo. Incluso los de Slytherin haciendo sonreír a los mayores.
Harry la recogió y la miró fijamente, con
el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda
su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros
parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido
notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una
carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
Señor H. Potter
Alacena Debajo de la Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey
-Entiendo que es una pluma hechizada la
que escribe las cartas y no cualquiera de ustedes, pero dios, si tan solo
hubieran leído la de Harry se hubieran dado cuenta lo mal que la pasaba. Ahí
claramente dice donde duerme- Sin poder
evitarlo Molly Weasley así como el gran perro negro que estaba a los pies de
Harry miraron con resentimiento hacía la mesa del profesorado, en especial al
Director Albus Dumbledore y profesora McGonagall. Ambos bajaron la mirada
apenados.
-No es su culpa señora Weasley, es culpa
de Voldemort por asesinar a mis padres y es culpa de mis tíos, que son
demasiado idiotas que descargaron sus envidias y rencores en un niño que no
tiene la culpa- Harry habló
mirando a sus tíos retándolos a que le dijeran algo.
El sobre era grueso y pesado, hecho de
pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda.
No tenía sello.
Con las manos temblorosas, Harry le dio la
vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un
león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.
Esta
vez las mesas completas de Gryffindor, Ravenclaw, Hufflepuff y los pequeños de
Slytherin no pudieron evitar gritar -HOGWARTS- Mientras el resto de los Slytherin solo
ponían los ojos en blanco ante lo absurdo de la situación según ellos.
— ¡Date prisa, chico! —Exclamó tío Vernon
desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rio
de su propio chiste.
-¿Qué son cartas bomba?- Preguntó una pequeña de Hufflepuff y Hermione
de inmediato respondió a la pregunta como si la hubiera hecho un profesor y
ella tuviera la respuesta en la punta de la lengua lo cual Harry pensaba así
era. –Los muggles aparte de las pistolas
tienen muchas armas con las cuales se matan, cuando existen guerras envían
bombas en paquetes los cuales explotan al menor movimiento- Los sangres pura (no hijos de mortifagos)
fruncieron el entrecejo. Los muggles podían ser tan idiotas inventando cosas
tan bárbaras como esas para destruirse.
Harry volvió a la cocina, todavía
contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y
lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura,
resopló disgustado y echó una mirada a la postal.
—Marge está enferma —informó a tía
Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.
—¡Papá! —Dijo de pronto Dudley—. ¡Papá,
Harry ha recibido algo!
-Chismoso-
Dijeron al mismo tiempo Lupin, Fred, George, Ron y Ginny haciendo reír a
todos por la curiosa coincidencia.
Harry estaba a punto de desdoblar su
carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon
se la arrancó de la mano.
—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de
recuperarla.
—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con
tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una
mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces
del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un
plato de avena cocida reseca.
-Pero que cobarde- Dijo George con una mueca de molestia.
-Yo diría más bien que dramático- Aportó su hermano gemelo Fred.
-Más bien es las dos cosas- Concluyó Harry a lo que los gemelos
estuvieron de acuerdo.
—¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.
Dudley trató de coger la carta para
leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia
la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que
iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
Todos incluso los profesores y la orden
negaron con la cabeza ante tal dramatismo.
—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!
Se miraron como si hubieran olvidado que
Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le
hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.
—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.
-Pero que ternura de niño- Dijo Bill con fingida ternura haciendo reír a
algunos.
—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry
con rabia—. Es mía.
—Fuera de aquí, los dos —graznó tío
Vernon, metiendo la carta en el sobre.
Harry no se movió.
—¡QUIERO MI CARTA! —gritó.
-Así se habla Harry- animaron todos los alumnos en el comedor
(excepto ya sabemos quiénes).
—¡Déjame verla! —exigió Dudley
—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a
Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la
cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver
quién espiaba por el ojo de la cerradura. Ganó Dudley, así que Harry, con las
gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que
había entre la puerta y el suelo.
—Vernon —decía tía Petunia, con voz
temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No
estarán vigilando la casa, ¿verdad?
—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar
siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.
-Si claro, como no tenemos nada mejor que
hacer que espiar a unos muggles tan desagradables como ustedes- Comentó molesta la profesora McGonagall
ocasionando varias risitas entre los presentes, incluido el profesor
Dumbledore.
Vernon Dursley quiso decir algo, pero incluso a él McGonagall le imponía
miedo por no decir terror.
—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les
contestamos? Les decimos que no queremos...
Harry pudo ver los zapatos negros
brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.
—No —dijo finalmente—. No, no les haremos
caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...
—Pero...
—¡No pienso tener a uno de ellos en la
casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa
tontería?
-Si claro, como si unos asquerosos muggles
como esos pudieran impedir que San Potter asista al colegio- Dijo Malfoy con voz despectiva.
Harry
se le quedo viendo sorprendido. Malfoy durante la lectura del libro decía cosas
extrañas a su favor. Eso era sumamente raro, pero no dijo nada solo se encogió
de hombros ante la extraña mirada de sus amigos.
En
cambio, el Harry Potter del futuro imaginó que esa era una de las cosas que
cambiarían en el futuro. Probablemente a partir de ese momento su relación con
Malfoy sería si no de mejor amigos por lo menos de compañeros de curso que se
trataban con respeto, así como era de dónde venía después de que el trio
hablara a favor de los Malfoy en los juicios ante el Wizengamot evitándoles ir
directo a Azkaban.
Aquella noche, cuando regresó del trabajo,
tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.
— ¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el
momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me
escribió?
—Nadie. Estaba dirigida a ti por error
—dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.
—No era un error —dijo Harry enfadado—.
Estaba mi alacena en el sobre.
— ¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas
arañas cayeron del techo. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose
tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.
—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la
alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para
esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley
—¿Por qué? —dijo Harry
—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus
cosas arriba ahora mismo.
-¿De verdad creen que con eso evitaran que
vayas a Hogwarts? ¿Son así todos los muggles o ellos se ganan el trofeo al más
idiota?- Preguntó Charlie y todos los
hijos de muggles lo miraron mal. –Ya
entendí, solo ellos-
La casa de los Dursley tenía cuatro
dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas
(habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en
el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.
-Esto es inaudito, tenían una habitación
libre y te hacían dormir en una alacena debajo de las escaleras. Si no fuera
por la carta tú seguirías en esa cochina alacena- Dijo Hermione furiosa de que su mejor amigo
fuera tratado de aquel modo cuando era un niño inocente e indefenso.
Incluso
Snape sintió un poco, pero solo un poco de lastima por Potter. Su vida había
sido miserable, pero por lo menos había tenido una habitación. Eso era cruel,
no trataban de ocultar que cuidar de su sobrino era algo que no querían y que
le aborrecían. –“Tú tampoco haces nada
para ocultarlo ¿no es así Severus?- Una
extraña vocecita (su conciencia) le dijo en lo más profundo de su mente
haciéndolo sentir culpable.
Él
había actuado igual a Petunia, ella por la envidia y el rencor a Lily había
maltratado a su sobrino y él por el rencor que tenía hacia James y Sirius se la
había agarrado en contra del hijo de este olvidando que también era hijo de la
única mujer que amaría por siempre Lily Evans.
En un solo viaje Harry trasladó todo lo
que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama
y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un
carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en
un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando
dejaron de emitir su programa favorito.
-Que dulzura- Ironizo Ginny haciendo reír a Harry lo cual
la complació.
También había una gran jaula que alguna
vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de
aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta
torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías
estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.
-Era de esperarse de alguien como él. Lo
único para lo que es bueno es para comer y abusar de los demás- Hermione negó con la cabeza. Harry y Ron sonrieron,
después de todo sabían que consideraba un atroz delito tener libros arrumbados
y llenos de polvo.
Desde abajo llegaba el sonido de los
gritos de Dudley a su madre.
—No quiero que esté allí... Necesito esa
habitación... Échalo...
Harry suspiró y se estiró en la cama. El
día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero
en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin
ella.
Recibió
varias miradas de lastima lo cual le hicieron sentir incómodo y molesto.
Después de todo apostaba su oro en Gringotts que la mayoría apoyaba las
absurdas mentiras que Rita Skeeter publicaba en el diario “El Profeta” donde
decía que tanto Dumbledore como él decían mentiras sobre el regreso de
Voldemort, y lo tachaban de loco y desubicado que solo quiere llamar la
atención. Como si quisiera más atención de la que ya recibía. Pero no dijo
nada, estaba seguro de que los libros terminarían por darle la razón y entonces
todos estarían avergonzados de atacarlos.
A la mañana siguiente, durante el
desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción.
Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había
puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la
tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran
su habitación. Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó
que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se
miraban misteriosamente.
-Se los dije, que ese niño terminaría
golpeando a sus padres y lo hizo. No puedo creer lo podrido que está. Lo mal
educaron y ahí están los resultados.- El
señor Weasley veía el libro con molestia.
Por su parte Dudley se daba cuenta lo mal que estaba quedando, realmente
solo había actuado como un cobarde. Realmente debía cambiar si no quería seguir
mostrando esa faceta suya y esperaba contar con el apoyo de su primo si es que
lograba que lo perdonara por tantos años de maltrato de su parte ya que estaba
seguro de que sus padres se molestarían con él por su cambio y probablemente
quedaría solo.
Cuando llegó el correo, tío Vernon, que
parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley. Lo
oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces
gritó.
— ¡Hay otra más! Señor H. Potter, El
Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...
Con un grito ahogado, tío Vernon se
levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí
tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba
difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después de un minuto de confusa
lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con
la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.
—Vete a tu alacena, quiero decir a tu
dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.
Harry paseó en círculos por su nueva
habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía
saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo
intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran.
Tenía un plan.
-Hay no, que terrible- Dijeron al uniso Ron y Hermione y todos los
vieron sin entender.
-Lo que pasa es que nunca, jamás de los
jamases funcionan los planes de Harry, por más buenos que parezcan siempre hay
una falla y al final debemos hacer cambios e improvisar- Los tres chicos comenzaron a reír después de
la explicación de Hermione seguido de sus amigos íntimos y su familia.
El reloj despertador arreglado sonó a las
seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en
silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin
encender ninguna luz.
Esperaría al cartero en la esquina de
Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío
pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el
recibidor oscuro hacia la puerta.
—¡AAAUUUGGG!
Harry saltó en el aire. Había tropezado
con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!
Sin
poder parar de reír Ron logró hablar. -¿Qué
fue lo que estropeo esta vez tus planes compañero?-
Harry
aun riendo hizo señas para que la lectura siguiera y así todos supieran que
había pasado. A su lado tanto Hermione y los hermanos Weasley se desasían de la
risa que tenían, pero Tecna siguió con la lectura.
Las luces se encendieron y, horrorizado,
Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.
Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente
para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer.
Para
este entonces la mayoría del gran comedor estaba que se caían de risa. Esa era
una forma muy graciosa de que sus planes se fueran al caño. El trio de oro, los
gemelos Weasley y algunos otros amigos cercanos a Harry estaban que lloraban de
la risa por lo que cuando lograron calmarse Tecna siguió la lectura con una voz
un poco más aguda de lo normal ya que incluso ella (lo cual era raro) había reído
bastante por la situación.
Gritó a Harry durante media hora y luego
le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y,
cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de
tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.
—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon
estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.
Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar.
Se quedó en casa y tapió el buzón.
—¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia,
con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de
hacerlo.
—No estoy segura de que esto resulte,
Vernon.
-Por una vez en su vida Petunia dice algo
inteligente- Sin darse cuenta Severus
había manifestado sus pensamientos en voz alta causando que todos los vieran
sorprendidos en especial Harry. Al darse cuenta de su “error” fulminó a todos
con la mirada y fijó su vista en el libro ignorando a todos por lo que Tecna no
tuvo más opción que seguir con la lectura.
—Oh, la mente de esa gente funciona de
manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando
de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le
acababa de llevar.
-Gracias a Merlín- Dijeron los gemelos Weasley. Todos asintieron
completamente de acuerdo con los gemelos.
El viernes, no menos de doce cartas
llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado
por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita
del cuarto de baño de abajo.
Tío Vernon se quedó en casa otra vez.
Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para
asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir.
Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba
con cualquier ruido.
El sábado, las cosas comenzaron a
descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas
entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía
Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la
oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para
quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.
—¿Se puede saber quién tiene tanto interés
en comunicarse contigo? — preguntaba Dudley a Harry, con asombro.
-Eso mismo quería saber yo. Gracias a
Merlín no desistieron o yo seguiría en esa horrible casa-
-No se preocupe señor Potter, no había
modo alguno en que usted no viniera a Hogwarts y mucho menos que dejáramos de
insistir-
Harry le sonrió a su profesora favorita y después siguió la lectura.
La mañana del domingo, tío Vernon estaba
sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero
feliz.
—No hay correo los domingos —les recordó
alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las
malditas cartas...
Algo llegó zumbando por la chimenea de la
cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento
siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los
Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.
-Jugador de Quidditch tenías que ser
Harry- Comentó Wood orgulloso de su
buscador.
Harry
sonrió y se encogió de hombros. No podía negarlo.
—¡Fuera! ¡FUERA!
Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y
lo arrojó al recibidor. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo,
cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza.
Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación,
golpeando contra las paredes y el suelo.
—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de
hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero
que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged
alguna ropa. ¡Sin discutir!
-Creo que se ha vuelto loco… que sujeto
tan extraño. Y todo por no querer aceptar que eres mago. Si lo vemos
lógicamente aceptarlo ocasionaría que te fueras de su casa y eso
definitivamente sería bueno para ellos ¿no?-
Luna comentó con su habitual de tono de voz soñador y curioso que tanto
comenzaba a gustar a Harry.
-Tienes razón Luna, pero supongo que
detestan más la magia que a mí- Sonrío
un poco sonrojado y Luna le respondió con una gran sonrisa.
Ginny
se dio cuenta de que Harry sonreía cada vez que su amiga le dirigía la palabra
y se dio cuenta de que ya no tenía muchas posibilidades. Con Cho era muy claro
que solo le llamaba la atención, pero con ella en su mirada se veía algo
especial.
Y
el trio de oro del futuro notaron lo mismo, hicieron una mueca, pero después
suspiraron y se encogieron de hombros. Habían aceptado los cambios que vinieran
con alterar el pasado. No era momento para arrepentirse.
Parecía tan peligroso, con la mitad de su
bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se
habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche,
avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento
trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de
guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.
-Por fin golpea a su hijo, aunque eso no
es correcto. Ese hombre necesita un gran escarmiento- dijo Bill por lo bajo molesto. Harry estaba
viviendo con unos neandertales.
Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni
siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle a dónde iban. De vez en cuando,
tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.
—Quitárnoslos de encima... perderlos de
vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.
-Creo que la cordura ya no habita en él- Comentó Ron sonriendo.
-¿Alguna vez ha tenido cordura?- Preguntó Hermione por lo bajo lo que ocasionó
que Ron y Harry rieran.
No se detuvieron en todo el día para comer
o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo
en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que
quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en
su juego de ordenador.
-Ahora entiendo porque no sabe ni contar.
Solo se la pasa comiendo, viendo tevelisión y jugando en lo que sea ese
condenado ordenador- Comentó Malfoy
con desprecio en la voz.
-Es televisión- Corrigieron al mismo tiempo Hermione y el
señor Weasley.
Tío Vernon se detuvo finalmente ante un
hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry
compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas.
Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la
ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...
Al día siguiente, comieron para el
desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de
terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.
—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor
H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.
Extendió una carta para que pudieran leer
la dirección en tinta verde:
Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth
Harry fue a coger la carta, pero tío
Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.
-¿Cómo se atreve a tocar a mi hijo?-
-Cálmate James, a mí también me da coraje, pero no podemos hacer nada,
por lo menos no por el momento. Una vez que seamos libres y sea revelado que
estamos aquí no habrá nada que nos evite ir y machacarlos con nuestras propias
manos.-
—Yo las recogeré —dijo tío Vernon,
poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.
—¿No sería mejor volver a casa, querido?
—sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no
pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al
centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y
otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en
mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de
coches.
—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad?
—preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde. Tío Vernon había aparcado en la
costa, los había encerrado y había desaparecido.
-Eso es maltrato. Como se atreve a
dejarlos ahí. Ese hombre merece un buen escarmiento.- Molly fulminaba el libro, pero cuando recordó
que los tenía a su lado los miró con su típica mirada que ponía a temblar
incluso a los gemelos Weasley.
-¿Cómo se le ocurre tratar de este modo a
su familia? ¿Es que no tiene corazón?-
Vernon más que molesto se levantó y se acercó a la barrera lo más que
podía y estúpidamente la enfrentó.
-Ya estoy cansado de que se la pasen
insultando a mi familia. No es nuestra culpa que el mocoso haya ido a parar a
nuestra casa. Jamás quisimos contacto con los de su tipo y van y no lo
enjaretan a la fuerza, agradezcan que no terminó en un orfanato. Así que
déjenos tranquilos.-
Todos se quedaron en silencio por el atrevimiento de Vernon Dursley por
lo que Bloom presagiando lo que podía pasar teletransportó al matrimonio
Dursley a donde habían mandado a Dolores Umbridge pero separándolos con una
gran barrera para evitar accidentes.
-¿A dónde han enviado a mis padres?- No pudo evitar preguntar Dudley, después de
todo eran sus padres y los quería.
-Tranquilo Big D, solo los mandé a donde
tengo a la señora Umbridge y están protegidos. Tú como has mostrado un sincero
arrepentimiento sigues aquí-
El menor de los Dursley le sonrió tímidamente y la lectura pudo seguir.
Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban
el techo del coche. Dudley gimoteaba.
—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa
favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.
Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de
algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el
día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día
siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry. Claro que sus
cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por
ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de
tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.
-Es mejor que no regalen nada si van a dar
esas porquerías- Lupin frunció el
entrecejo ante semejantes “regalos”. Extrañamente Severus opinaba igual que él.
Su
infancia había sido miserable, no lo negaba, pero por lo menos en su cumpleaños
recibía un regalo decente y un pastel. Potter la había pasado mucho peor que él
y se había encargado de hacerle miserable la vida desde el día 1 que llegó a
Hogwarts. Definitivamente eso era algo que tenía que cambiar. Ahora le parecía
absurdo e infantil su actuar con el menor. Él no era su padre y era el hijo de
Lily también.
Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un
paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué
había comprado.
— ¡He encontrado el lugar perfecto!
—dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!
Hacía mucho frío cuando bajaron del coche.
Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella,
se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era
segura, allí no había televisión.
— ¡Han anunciado tormenta para esta noche!
—anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó
gentilmente alquilarnos su bote!
-Ese muggle está loco. Los está
arriesgando a una tormenta solo por no querer aceptar la verdad- Neville no podía creer que existiera esa
clase de muggles.
-Hubiera preferido que muriéramos en esa
tormenta a que yo viniera aquí- Lily y
James apretaron la mandíbula del coraje, pero no dijeron nada.
Un viejo desdentado se acercó a ellos,
señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.
—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío
Vernon—. ¡Así que todos a bordo!
En el bote hacía un frío terrible. El mar
congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido
les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al
peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.
El interior era horrible: había un fuerte
olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y
la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones.
La comida de tío Vernon resultó ser cuatro
plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno.
-Eso no es comida- Dijeron en perfecta sincronía los varones
Weasley y Draco. Algo que ya no sorprendía tanto.
Al darse cuenta de la similitud todos se estremecieron ocasionando risa
entre sus allegados.
Trató de encender el fuego con las bolsas
vacías, pero sólo salió humo.
—Ahora podríamos utilizar una de esas
cartas, ¿no? —dijo alegremente.
Estaba de muy buen humor. Era evidente que
creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de
estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo
alegraba.
Al caer la noche, la tormenta prometida
estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de
la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía
Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama
para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la
puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la
manta más delgada.
-Maldita zorra. ¿En el suelo? Yo la mato- Lily estaba roja del coraje por lo que James
tomo su mano con fuerza.
-Amor, a mí también me da mucho coraje,
pero no sé qué te sorprende. Son unos neandertales que se meten con un niño de
once años por sus vidas frustradas, envidias y corajes. Pero cuando esta
lectura termine te juro que iremos a hacerles una visita adonde sea que los
hayan llevado las hadas y pagaran todo el daño que le han hecho a nuestro
pequeño. Te lo juro.-
Ante
la seguridad de las palabras de James Lily asintió y se calmó un poco.
Todo había pasado entre susurros que nadie se percató del intercambio
entre ese par.
La tormenta aumentó su ferocidad durante
la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de
ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley
quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El
reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que
tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de
su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde
estaría en aquel momento el escritor de cartas.
Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía
afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor
si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan
llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.
Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar
chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era
aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?
Un minuto y tendría once años. Treinta
segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para
molestarlo... tres... dos... uno...
-¡FELIZ CUMPLEAÑOS!- Gritaron la mayoría de los presentes. Los
gritos de sus padres (sin que este lo supiera), sus amigos y familia adoptiva
fueron los más ruidosos. Harry no tuvo corazón para recordarles que no era su
cumpleaños y que eso ya había pasado.
BUM.
Toda la cabaña se estremeció y Harry se
enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.
-Bien, así termina el capítulo.- Tecna le pasó el libro a Roxy y antes de que
comenzara a leer Ron comentó que tenía hambre.
-Señor Weasley, no hace menos de una hora comimos
el desayuno, ¡contrólese!- Dijo molesta
la profesora McGonagall lo cual ocasionó risas por todo el comedor y el sonrojo
del menor de los Weasley.
-Leeremos dos capítulos más y entonces se
servirá la comida señores- Le respondió
el director con una divertida sonrisa lo cual no lo conforto ni un poco.
-Pero tengo hambre- Susurró y solo lograron escucharlo los que
estaban cerca.
-Nunca cambiaras- Dijo Hermione entre divertida y exasperada.
-Bueno, ahora yo leeré el siguiente
capítulo que se llama “El guardián de las llaves”- En cuando Roxy comenzó a leer el gran comedor
quedó en silencio.
CONTINUARÁ
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