CAPITULO 2.- El niño que vivió
-Bien, nosotras seremos las primeras en
leer, después ustedes nos ayudaran.- Comentó
Bloom sonriendo al público, se levantó de su lugar y camino hacia el frente y
aclaró su garganta, pero antes de comenzar a leer tuvo una buena idea.
-Musa ¿podrías ayudar con algún micrófono
o algo así? No queremos que nadie se pierda nada de lo que vamos a leer.-
-Claro Bloom- Con un pequeño chasquido apareció un
micrófono y dos grandes bocinas suspendidas y después de sonreírle a su
compañera y amiga comenzó la lectura.
El señor y la señora Dursley, que vivían
en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy
normales, afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar
relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales
tonterías.
Todas
las personas volearon a ver a los Dursley que se habían tensado al escuchar que
la lectura de esos dichosos libros que hablaban de su fastidioso sobrino
empezara con ellos. Tenían una ligera idea del motivo, pero no estaban
interesados con que se leyera sobre ellos frente a tantos anormales.
-No estoy dispuesto a tolerar que se hable
de mí o de mi familia frente a tantos anormales-
Dijo
con valor estúpido Tío Vernon de lo cual se arrepintió de inmediato ya que más
de una varita lo apuntaron a él y a su familia.
-Señor Dursley, creo haberle pedido que se
mantuviera en silencio si no quiere tener problemas. No dejaremos que le hagan
daño a pesar de merecerlo, pero ayúdenos a ayudarlo y cuidarlo- Pidió Bloom y siguió con la lectura después
de que todos bajaron su varita.
El señor Dursley era el director de una
empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y
rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso. La señora Dursley era
delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que
le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por
encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Dursley
tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que
él.
Petunia
abrazó a su hijo con cariño y dejó un beso en su mejilla. La señora Weasley que
ya se había tranquilizado un poco asintió.
-Como toda madre, no hay mejores niños que
los hijos propios.-
Petunia
hizo una mueca al recibir apoyo de una “anormal” pero prefirió no decir nada.
No quería ser atacada en masa y morir en aquel lugar.
Los Dursley tenían todo lo que querían,
pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no
habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
Ahí
los adultos y amigos de Harry gruñeron o dijeron algún improperio en contra de
los Dursley. Los Potter eran respetados por el mundo mágico debido a que fueron
de los pocos que se enfrentaron a Lord Voldemort hasta la muerte y que gracias
a su sacrificio y al de su pequeño hijo Harry había desaparecido el mago más
terrible de los últimos siglos.
Padfoot
ladró con fiereza a los Dursley los cuales se abrazaron y se encogieron en su
lugar mientras Lupin trataba de contenerlo.
Harry
desesperado por la actitud de amigos, compañeros y conocidos se levantó
llamando la atención de todos y dijo con voz segura, clara y fuerte. -Por favor, si van a despotricar en contra de
los muggles cada que digan algo así tomará una eternidad terminar de leer los
libros-
Todos
volvieron a sus lugares, pero sin dejar de fulminarlos con la mirada.
Principalmente los gemelos, Ron y Hermione.
Por
otro lado, Lily se puso triste. Sabía que la relación con su hermana no había
sido buena desde que había entrado en Hogwarts sin embargo había esperado que
su odio no lo hubiera dirigido hacia su hijo, pero ahora se daba cuenta que se
había equivocado. Lo único que la animaba un poco era que podía ver que su hijo
tenía buenos amigos.
James
por su parte se sentía frustrado. Estaba claro que su hijo había caído en
pésimas manos. Pero a partir de ahora podría cuidar, consentir y malcriar a su
hijo. Recuperaría los años perdidos y le daría todo el amor que se merecía.
La señora Potter era hermana de la señora
Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley
fingía que no tenía hermana, porque su hermana y su marido, un completo inútil,
eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
-No soy ningún inútil- Dijo James en un susurro que solo Lily fue
capaz de escuchar. Ella le sonrió y tomó una de sus manos entrelazando sus
dedos.
Ella
tampoco estaba mejor, su hermana, Tuney, fingía que ella no existía ¿cómo era
posible que su rencor llegara a tanto? Se supone que eran familia. Lily con el
tiempo aprendió a soportar a su hermana y a la bestia con la que se había casado,
pero saber que su pequeño había caído en sus garras la hacía estremecer de
miedo.
No
sabía hasta qué punto habían maltratado a su bebé. Esperaba que no demasiado
porque no podría controlarse y definitivamente su hermana se arrepentiría de
maltratar a su pequeño Harry.
Lupin
por otro lado tenía cara de molestia y se inclinó hacia Harry y le sonrió.
-Eso es mentira Harry, James podía ser
travieso, inmaduro, un brabucón de adolescente, pero jamás un flojo o inútil.
Él no tenía la necesidad de trabajar, pero aun así dedico su vida después del
colegio a trabajar para la Orden y siempre apoyó económicamente para la causa.
No debes avergonzarte por ser hijo de él. A menos que siguiera vivo y vieras
los ridículos que hacía cuando él y Sirius se ponían en modo “idiotas” o cuando
quería encontentar a tu madre.-
Harry
le sonrió agradecido a Lupin por decirle un poco más sobre sus padres.
Mientras tanto la lectura seguía su curso.
Los Dursley se estremecían al pensar qué
dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los
Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era
otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se
juntara con un niño como aquél.
-Eh ¿qué tiene con contra de Harry? Estoy
seguro de que es mucho mejor que su hijito. Además, no puede juzgarlo cuando ni
siquiera lo conocía.-
Ron
no pudo evitar decirle eso al tío de su amigo. Harry les había comentado más o
menos como era su vida con esos familiares muggles con los que vivía y en
ocasiones debía admitir había pensado que exageraba, pero viendo desde el
inicio los cara dura que eran ahora pensaba que más bien su amigo se había
quedado corto.
El
señor Dursley se puso rojo de coraje al ser cuestionado por un mocoso como aquel,
pero sabía que si decía algo más de una varita lo señalaría y no quería ser
atravesado por ellas por lo que se conformó con mirarlo muy mal y no decir
nada. No les debía ninguna clase de explicación.
Sirius
por su parte estaba molesto, esos muggles con los que vivía su ahijado se veían
de la peor clase, Harry le había comentado algunas cosas pero estaba consiente
que a Harry no le gustaba contar sus problemas ni que le tuvieran lastima por
ello no le había hecho demasiadas preguntas al respecto para no incomodarlo,
pero ahora con esos libros sabría cada una de las cosas que le hicieron y como
que se llamaba Sirius Black los haría pagar por cada cosa por minúscula que
fuera así Harry o Dumbledore se molestaran con él.
Lupin
no estaba mejor que Sirius, se culpaba por lo que estaban leyendo. En su
momento, cuando habían fallecido James y Lily y Sirius había ido a dar a
Azkaban él se había ido lejos a vivir su depresión apartado de todos, no había
intentado quedarse con Harry, después de todo ¿Quién en su sano juicio
admitiría que un niño viviera con un monstro como él?
Él
simplemente había dado por hecho que Albus haría lo mejor para el niño y en doce
años no se había puesto a investigar como vivía Harry, si era feliz o querido.
Y ahora, catorce años después descubriría como había sido la vida del que
consideraba como un sobrino.
Nuestra historia comienza cuando el señor
y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes
grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que
sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían
lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su
corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente
mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta. Ninguno vio la gran
lechuza parda que pasaba volando por la ventana. A las ocho y media, el señor
Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de
despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un
berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo
entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche
y se alejó del número 4.
-Pero que niño tan terriblemente
maleducado- Dijeron al uniso la
profesora McGonagall y Molly. Se miraron y se sonrieron divertidas por pensar y
responder lo mismo lo cual obtuvo varias risas del alumnado, principalmente
Gryffindor.
-Lo peor de todo es que le aplauden sus
berrinches. Ya lo vi 5 años más tarde. Se la pasará encaprichado y si no
obtiene lo que quiere les levantará la mano a sus padres.- Aportó el señor Weasley con su cara crispada
por el enojo. Eso sorprendió al Harry. Nunca había visto al amable y bonachón
señor Weasley con aquella expresión.
Los
señores Dursley fulminaron con la mirada a aquellas personas que osaron en
hablar mal sobre la crianza que daban a su hijo. Su hijo era fuerte y
encantador (según ellos), tenía buenos amigos y exigía no menos de lo que
merecía. Si los anormales estaban acostumbrados a tener menos de lo que querían
y criaban a sus hijos con mentalidad conformista y sin carácter era su
problema.
Harry
por su parte suspiro y miró a sus amigos de forma significativa.
-Y eso que aún no empieza mi vida con
ellos- Susurro Harry a Ron y Hermione
que solo asintieron. Sabían que su amigo llevaba una terrible vida con los
muggles.
Al llegar a la esquina percibió el primer
indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.
Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto,
pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en
la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado
pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y
contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la
vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo
retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía
«Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los
planos). El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos.
Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros
que esperaba conseguir aquel día.
Al
leer sobre el gato la profesara McGonagall bajó la mirada y se removió en su
asiento nerviosa. Sabía que era ella, después de todo al enterarse del supuesto
asesinato de los Potter había ido al lugar donde sabía vivían los familiares muggles
de Lily ya que Hagrid le había comentado que llevaría al niño ahí. Y sí, había
estado viendo un plano para confirmar que estaba en el lugar correcto.
El
Señor Dursley por su parte logró encontrar tranquilidad en aquellas palabras.
Estaba claro que ese día no había estado loco o imaginando cosas. Sonrió con
suficiencia, pero después se molestó. ¿Por qué habían llevado al chico con
ellos? Estaba claro que había muchas personas de su clase que hubieran estado
dispuestos a cargar con él. Prefirió nuevamente quedarse callado. No era su
estilo, pero ese lugar era peligroso. Prefería no mezclarse con esa gentuza.
Pero en las afueras ocurrió algo que
apartó los taladros de su mente.
-¿Qué son los taladros?- peguntó una chica
de Slytherin Daphne Greengrass. Después de todo era sangre pura y de muggles no
sabía nada, aunque su familia no era de ideales puristas y no tenían nada en
contra de los nacidos muggles o los muggles en sí.
-Son herramientas muggles que les ayudan a
perforar paredes.- Le respondió el señor
Arthur emocionado al explicar a alguien sobre objetos muggles causando risas
entre sus hijos y exasperación en su esposa.
Mientras
tanto los señores Dursley hicieron una mueca de burla. Estos seres se creían
superiores y no sabían algo tan insignificante como lo que es un taladro.
El
pequeño Dursley miraba a los compañeros de su primo y podía entender un poco
como es que no supieran lo que era un taladro. Al parecer todo lo hacían con
magia y el no veía lo malo en eso, es más, si el pudiera sería feliz viviendo
en ese mundo con su primo, al parecer las cosas eran más fáciles y todo se veía
interesante y divertido.
Mientras
seguía la lectura el pequeño Dursley se comprometió a hablar con su primo,
disculparse por todo y tratar de conocerlo mejor a él y su mundo. Estaba seguro
de que a sus padres no les haría gracia, pero era su decisión. A partir de
ahora no importaba que, él se haría de su propio criterio y no se dejaría
llevar por las palabras de sus padres.
Mientras esperaba en el habitual
embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente
vestida de forma extraña. Individuos con capa. El señor Dursley no soportaba a
la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah, los conjuntos que llevaban los
jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva.
-¿Ropa extraña? ¿Ropa ridícula? Por favor,
nosotros tenemos más clase que esos muggles.-
A Harry le sorprendió que Malfoy dijera algo, tenía la idea que se
mantendría callado durante toda la historia y aunque lo odiaba debía de darle
la razón en algo. Sus tíos eran muy idiotas, respecto a la ropa sinceramente
prefería la ropa muggle siempre y cuando fuera exactamente a su tamaño y no la
ropa que normalmente utilizaba. 4 tallas más grande para él.
-No voy a permitir que un mocoso anormal
me insulte. Los idiotas anormales son ustedes-
Lucius se levantó molesto al escuchar como insultaban a su hijo y apuntó
a ese asqueroso muggle con su varita. –Repítalo
y haré que se arrepienta el resto de sus días-
-Señor Malfoy, le pido que guarde su
varita y tome asiento y usted señor Dursley le repito que se mantenga callado,
no haga que le quieran hacer daño más allá de lo que se va a leer en estos
libros. También quiero dejar claro un punto. Al próximo que utilice su varita
para amenazar a cualquier muggle o para hechizarse entre ustedes le será
confiscada hasta el final de la lectura-
Dijo Bloom completamente seria logrando que Lucius regresara a su lugar
no sin antes mandarle una mala mirada tanto al muggle como a ella.
Tamborileó con los dedos sobre el volante
y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban
entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que
dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él,
¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que
debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía
una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos
más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando
nuevamente en los taladros.
El señor Dursley siempre se sentaba de
espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho
así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las
lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las
señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La
mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche.
La
profesora McGonagall negaba con la cabeza en desacuerdo
–Creo que los magos se pasaron del límite
¿Cómo se les ocurre mandar lechuzas en pleno día? Fue un milagro que los
muggles no sospecharan algo.-
-Vamos Minerva, sabes que los muggles son
tan cerrados de mente que les puedes hacer levitar con un levicorpus y le
buscaran una respuesta lógica y científica, no hay forma de que crean en la
magia– respondió la profesora Sprout. -Pero aun así estoy de acuerdo que las
lechuzas estuvieron de más.-
-No es que seamos cerrados de mente,
simplemente tratamos de encontrar una respuesta científica y lógica a todo.- Comentó el señor Granger y su esposa le dio la
razón.
Sin embargo, el señor Dursley tuvo una
mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo
llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor
hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse a la
panadería que estaba en la acera de enfrente.
-Pero que hombre tan amable, merece el
premio a la persona más bondadosa del mundo–
Dijo con fingida admiración Ginny
-Harry, ahora veo y entiendo por qué eres tan amable y bueno.- Comentó sarcásticamente.
-Es cierto, es realmente admirable que tú
seas tan diferente a tus tíos, fuiste criado por unos verdaderos asnos– Le dijo su amigo Ron para después sonreírle.
Sin poder evitarlo todo el colegio junto a la orden rieron ante lo dicho por
Ron, incluso Padfoot movía la cola con rapidez y ladro de una extraña forma que
se entendía que estaba riendo.
-¿Va a permitir que nos insulten de esa
manera? Ellos se quejan de nosotros por no soportar su anormalidad, pero ellos
no respetan nuestra forma de vida. Eso es ser hipócrita- El señor Dursley estaba rojo de coraje,
Petunia lo tenía tomado del brazo mientras fulminaba a su sobrino y amigos de
este.
-Tiene razón, no es correcto el cómo lo
están tratando, pero también quiero que vea que su forma de ser no es la mejor.
¿Cómo puede ser normal que usted les grite a las personas? Eso lo deja como un
mal educado. Debería ver que necesita cambiar su forma de interactuar con las
personas y dejar a un lado su soberbia y comenzar a demostrar que si tiene
modales- Flora le habló a Dursley y este
solo la fulminó con la mirada. El no consideraba que necesitara cambiar algo.
Él era normal no como todos los que están ahí reunidos.
Los
padres de Harry que tenían un hechizo de transformación veían a su hijo con
tristeza, Lily sabía que su hermana, así como su familia podían ser un dolor de
cabeza. Ellos habían sufrido su desprecio (lo cual los tenía sin cuidado) y su
pequeño Harry había ido a parar con ellos. Lo único que calmaba sus corazones
era ver que había mucha gente lo quería y cuidaba. Entre ellos sus dos grandes
amigos Moony y Padfoot.
Había olvidado a la gente con capa hasta
que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los
miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también
susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un
donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su
conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he
oído...
—Sí, su hijo, Harry...
El señor Dursley se quedó petrificado. El
temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles
algo, pero se contuvo.
Nuevamente
las miradas de todos sus compañeros fueron directas hacia él. Podía ver que en
algunas miradas había lastima y en otras burla. Los Slytherin de quinto en
adelante sentían cierto odio natural por Harry Potter, empezando por Draco
Malfoy.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a
correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le
molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los
números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes
mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido. Potter no era
un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísimas personas que se
llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni
siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry.
-No puedo creer que no conociera el nombre
de su sobrino. Harry no tiene la culpa de que
ustedes odien la magia, es su familiar y en ese entonces solo era un bebé de un
año.- Ginny no pudo evitar hablar. No
podía creer que hubiera personas que trataran de ese modo a sus familiares. Su
hermano Percy estaba actuando como un idiota, pero estaba segura de que pronto
recapacitaría y volvería con ellos y ellos lo perdonarían no sin antes hacerlo
sufrir un poco.
Por
otro lado, el señor Dursley la fulminó con la mirada y estuvo a punto de contestarle,
pero la mirada de 8 pelirrojos hizo que se quedara callado.
Nunca había visto al niño. Podría llamarse
Harvey, o Harold.
Gran
parte del gran comedor comenzó a reír.
-Harold, es un gusto conocerte- Los Gemelos Weasley se levantaron y agarraron
cada uno una de sus manos y comenzaron a saludarlo efusivamente mientras tanto
Harry sonrojado y avergonzado trataba de alejarlos.
Cuando se calmaron y volvieron a su lugar Bloom pudo seguir con la
lectura.
No tenía sentido preocupar a la señora
Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y
no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...! Pero de todos
modos, aquella gente de la capa...
Esta
vez los únicos que gruñeron fueron Sirius, Remus y para sorpresa de casi todos
Snape. Esa no era forma de hablar de la familia de tu esposa.
Snape
por su parte no se había dado cuenta de que había gruñido en voz alta, sus
pensamientos estaban en Petunia, siempre había sido desagradable, pero se había
vuelto peor cuando había sido rechazada de Hogwarts y él se había burlado de
ella. Suspiró y cuando sintió la mirada del colegio entero en él se sonrojó
levemente y fulminó a Harry con la mirada como si fuera su culpa lo que había
pasado.
Aquella tarde le costó concentrarse en los
taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan
preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo
se tambaleaba y casi caía al suelo. Segundos después, el señor Dursley se dio
cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el
empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras
decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque
hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe
finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este
feliz día!
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se
alejó.
Padfoot
gimoteo de tristeza y lamió la mejilla de Harry. Si bien era cierto que ese día
Voldemort se había “ido” también ese día su ahijado había perdido a sus padres
y él había perdido la libertad por la cruel traición de quien en algún momento
habían considerado uno de sus mejores amigos.
Harry
al parecer había entendido los sentimientos de su padrino por lo que abrazó al
gran perro con fuerza y le susurro en su gran oreja peluda.
-Lo se Padfoot, ese día tú y yo perdimos
muchas cosas, yo a mis padres y la oportunidad de vivir junto a ti y tú a tus
mejores amigos y la libertad. Pero ahora estamos juntos y cuando se lea el
tercer libro seguro se explicará tu inocencia y ya no serás perseguido y por
fin podremos vivir juntos.-
Padfoot
le lamió la mejilla nuevamente y se hizo bolita a sus pies para seguir
escuchando la lectura.
El señor Dursley se quedó completamente
helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado
muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a
subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran
imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la
imaginación).
-¿Qué no aprueba la imaginación? Ese tío
de verdad que está loco. Te compadezco Harry, vivir con alguien así debe ser lo
peor del mundo.- Comentó Cho y le sonrió
haciendo que se sonrojara un poco lo cual ocasiono que Ginny hiciera una mueca
de disgusto.
Dursley por su parte fulminó con la mirada a esa muchachita mal educada
pero nuevamente prefirió quedarse en silencio ya que a pesar de estar
protegidos dentro de esa burbuja estaba seguro de que si hablaba más de uno
trataría de lastimarlo.
Cuando entró en el camino del número 4, lo
primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había
encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su
jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas
alrededor de los ojos.
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz
alta.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una
mirada severa. El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal
en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no
decirle nada a su esposa.
-Ese señor de verdad, o perdió la cabeza o
tiene un serio problema con los gatos- Comento
la señora Weasley un poco fastidiada con la actitud de ese muggle.
-No, seguro su cabeza está llena de
torsopolos, por eso ve cosas sin sentido.–
Comentó Luna con aire soñador causando que varios la vieran con burla y
fastidios (los de su misma casa) y otros con cara de ¿qué? Pues no conocían a
la excéntrica Lovegood.
La señora Dursley había tenido un día
bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora
Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva
frase («¡no lo haré!»).
-¿Qué clase de padres son esos? Como van a
aplaudirle esas actitudes. Ya lo dije, en cinco años más ese chico tan mal
criado golpeara a sus padres y por lo que veo estarán orgulloso de él. Los
niños para que crezcan sanos y con buenos valores en ocasiones hay que tener
mano dura con ellos y darles unas buenas nalgadas a tiempo. Es la forma de
enseñarles lo que está bien y lo que está mal-
Volvió a comentar el señor
Weasley un poco molesto. Eran un hombre que raramente se le veía regañando o
castigando a sus hijos, pero cuando debía ponerle límites lo hacía sin dudarlo.
Petunia y Vernon lo miraron con total desagrado ¿Quién se creía ese para
estar juzgando la forma en que educaban a su hijo? Que se metieran en sus
asuntos y los dejaran tranquilos.
El señor Dursley trató de comportarse con
normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el
informativo de la noche.
—Y, por último, observadores de pájaros de
todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una
conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la
noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de
avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del
sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas
han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—.
Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo.
¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no
lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña.
Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han
telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron
un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar
antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores!
Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
-Bueno, si después de tantas cosas que han
pasado por fin aceptó que algo raro está pasando podemos decir que
definitivamente ese muggle tiene, aunque sea una pizca de cerebro. Muy pequeña,
pero de algo a nada. Debe estar agradecido-
Bufó molesto Malfoy, por ese motivo no toleraba a los muggles, eran
demasiado estúpidos para su gusto.
-¿Cómo se atreve a hablar así de nosotros?
¿NO TE EDUCARON EN CASA NIÑO ANORMAL? DEBES RESPETAR A TUS MAYORES.- Vernon
Dursley no pudo contenerse más. Ese anormal se había atrevido a criticarlo de
esa forma. Eso no pensaba soportarlo.
Lucius Malfoy se levantó y apuntó a Vernon
con su varita. -Se lo advertí, que no
iba a permitir que hablará mal a mi hijo asqueroso muggle y ahora pagará las
consecuencias- Sin pensarlo lanzó
llamaradas azules hacia la burbuja la cual sin ningún problema contuvo el
ataque. Stella suspiro y detuvo el ataque y después de chasquear los dedos la
varita ya estaba en su mano -Se lo
advertimos, un ataque más y se quedaría sin varita por el resto de la lectura,
ahora siéntese y guarde silencio-
-No puede esperar que ese muggle hable mal
de mi hijo y no diga nada. Eso no lo pienso tolerar- Se quedó de pie desafinado a Stella con la
mirada, ella con un poco de poder lo hizo sentar y regreso a su lugar sin decir
nada.
-Joven Malfoy, no puede referirse de esa
forma. Tendrá un castigo por su falta de respeto.- Sentenció la profesora McGonagall, Lucius
quiso decir algo, pero sabía que no obtendría nada y menos ahora que ya no tenía
varita, pero más valía que esos asqueroso muggles no insultaran más a su hijo o
se las verían con él.
El señor Malfoy estaba soportando todo eso
solo porque no quería que su hijo fuera utilizado por el señor tenebroso, pero
si al terminar la lectura todo era una mentira haría lo que fuera necesario
para advertir a su señor sobre todo lo que pudiera obtener de información.
El señor Dursley se quedó congelado en su
sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz
del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...
La señora Dursley entró en el comedor con
dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se
aclaró la garganta con nerviosismo.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido
últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley
pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella
no tenía hermana.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por
qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias
—masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la
ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la
señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener
algo que ver con... ya sabes... su grupo.
-¿Su grupo? Tu tío habla como si fuéramos
una mafia, la más peligrosa del mundo. De verdad no puedo creer que se refiera
así de nosotros- Comentó Hermione
molesta con los familiares de su mejor amigo.
-¿Mafia? ¿Qué es mafia?- Pregunto un niño de primero de Slytherin.
-La mafia es un grupo de muggles que son
malvados, son delincuentes y utilizan armas, trafican drogas e incluso trafican
con las personas.- Respondió Dean
Thomas, compañero de Harry Potter que era hijo de padres muggles.
La mayoría de los sangre pura se le quedaron viendo con cara de ¿what?
Así que Hermione decidió explicarlo de otro modo. -Digamos que son los mortifagos de los
muggles.
Ahora sus padres se le quedaron viendo sin entender y ella solo les
sonrió y se encogió de hombros.
-¿Y que son las armas y las drogas?- Preguntó nuevamente el pequeño niño de
Slytherin.
-Bueno, las armas son objetos que se
utilizan en el mundo muggle para matar y las drogas son sustancias que también
utilizan los muggles para alucinar, solo que estas dañan al cerebro y lo
atrofian hasta que te vuelves loco.-
-¿Y cuál es el punto de utilizar esas
cosas? Digo, de verdad los muggles son muy estúpidos, ellos mismos se vuelven aún
más idiotas de lo que ya son- Comentó
despectivamente una chica de Slytherin de nombre Pansy Parkinson obteniendo la
aprobación de todos aquellos nacidos de magos y los nacidos de muggles.
-Odio darle la razón, pero la tiene, las
drogas no deberían existir, te dan un placer momentáneo, pero te lleva a
volverte un vegetal- Comentó Hermione en
voz baja a sus amigos, Ginny y los gemelos que estaban cerca de ellos
escucharon atentos y todos le dieron la razón.
Por otro lado, los tíos de Harry gruñeron y pensaron que preferían las
drogas o cualquier otra cosa de la que había hablado esa niña antes de
relacionarse con seres como aquellos, pero por su seguridad no dijeron nada.
La señora Dursley bebió su té con los
labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que
había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería.
-Será cobarde- gruñó Bill ganándose una mala mirada de
Petunia.
En lugar de eso, dijo, tratando de parecer
despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad
de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con
rigidez.
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si
quieres mi opinión.
-Harry no es un nombre vulgar. Yo pienso
que es un nombre realmente bonito e interesante- Dijo Luna con su ya muy habitual aire soñador
ocasionando que Harry le sonriera un poco avergonzado y sonrojado. En verdad
esa chica le gustaba cada vez un poco más. Era autentica y especial. Esperaba
conocerla mejor y volverse su amigo. Después de todo, parecía que ella no lo
consideraba un mentiroso y un loco.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una
espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron
a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor
Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el
jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet
Drive, como si estuviera esperando algo.
-Es un animago- exclamó Hermione mientras
algunas risas se extendían por el gran comedor.
-Vamos Hermione ¿cómo va a ser un animago?
No hay motivos para que un animago este ahí-
Dijo Ron divertido -Eso es
absurdo.-
-Claro que no Ron, ese gato tiene un
extraño comportamiento. Al inicio creí que el tío de Harry estaba loco, ósea
¿un gato con un mapa? Pero son varias cosas, estoy segura de que es un
animago.- Respondió segura de sí y
prestó atención a la lectura ignorando la mirada incrédula de Ron.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría
todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría
que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora
Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció
despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador
pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran
implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la
señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de
ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos
en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría
afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!
-Aquí el más defraudado soy yo. Mi tío
estaba equivocado pensando que esto no los afectaría. Por esas cosas es que
odio aún más a Voldemort- Susurró para
sus amigos y ellos asintieron, aunque Ron se estremeció a como cada vez que
escuchaba Voldemort.
El señor Dursley cayó en un sueño
intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba
señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos
fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se
cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas
volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la
medianoche.
¿Hasta la media noche? Pero que aguante
del gato, ya sea un gato normal o un “animago” estuvo todo el día inmóvil, al
parecer ni al baño fue– Harry, la
mayoría de los Weasley y algunos otros compañeros rieron por las ocurrencias de
Ron. Esto ocasionó que nadie se dió cuenta de la fría mirada que le lanzó la
profesora McGonagall a su alumno.
Un hombre apareció en la esquina que el
gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se
podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus
ojos se entornaron.
En Privet Drive nunca se había visto un
hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba
plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica
larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y
hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas
gafas de cristales de medialuna.
Es el profesor Dumbledore –dijeron la mayoría de los alumnos y el
profesor solo les sonrío en respuesta-
Tenía una nariz muy larga y torcida, como
si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus
Dumbledore.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta
de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta
sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa,
buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de
pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta
de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rio entre
dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
-Estoy segura de que el profesor
Dumbledore sabe quién es ese gato. Se los dije, es un animago- Comentó Hermione orgullosa de sí misma.
-Vamos Hermione, aún no se sabe si el gato
es un animago o no. Ni te emociones- Ron
no creía que un animago tuviera interés de pasar todo el día frente a la casa
de esos desagradables muggles por lo que se negaba a creerlo.
-Se que es un animago- Respondió Hermione molesta y ya no dijo nada
más dejando que la lectura continuara.
Encontró en su bolsillo interior lo que
estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en
el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve
estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce
veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en
toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba.
Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la
señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría
podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador
dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la
pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la
palabra.
—Me alegro de verla aquí, profesora
McGonagall.
-Yo tenía razón- Comentó Hermione con autosuficiencia haciendo
enojar a Ron quien se puso rojo del coraje y se limitó a quedarse callado
mientras las risas no se hicieron esperar en el gran comedor. Cuando todos se
calmaron Bloom siguió nuevamente con la lectura.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste
ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo
que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había
alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color
esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente
disgustada.
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi querida profesora, nunca he visto a un
gato tan tieso.
Nuevamente
las risas no se hicieron esperar. Esta vez duraron un poco más. Incluso la
profesora McGonagall rio recordando todo el tiempo que permaneció quieta
esperando la llegada del profesor para saber de primera mano si los rumores
eran ciertos o no.
—Usted también estaría tieso si llevara
todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora
McGonagall.
—¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado
de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi
camino hasta aquí.
La profesora McGonagall resopló enfadada.
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de
acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes,
pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en
las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de
los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no
son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces
cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido
común.
Tanto
McGonagall como Moody asintieron a lo dicho por la profesora hace 14 años
sabiendo que Diggle era un buen tipo, pero con muy poco sentido común. Aunque
debían admitir que en ese día casi todos los magos habían perdido el sentido
común debido a la gran felicidad que sentían al creer que Lord Voldemort estaba
muerto.
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore
con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
Casi
todos en el gran comedor asintieron. Los adultos por haber vivido aquellos
tiempos y los menores por conocer la historia de cómo era la vida cuando
Voldemort reinaba. Sabían que era una época donde el miedo y la incertidumbre
dominaban sus días. Los menores agradecían no haber vivido en esa época y
esperaban que las declaraciones de Harry fueran falsas. No querían que se
repitiera lo mismo.
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora
McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha
vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni
siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...
Lanzó una mirada cortante y de soslayo
hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo
hizo, continuó hablando.
—Sería extraordinario que el mismo día en
que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran
todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
Harry
negó con la cabeza y suspiró compungido. Voldemort no había muerto aquella
tarde/noche en que había asesinado a sus padres, simplemente se había
debilitado tanto hasta ser mucho menos que un espíritu, pero aun así se las
había arreglado para ponerlo en peligro cada uno de sus años en Hogwarts y
ahora por fin había regresado. Pero claro, nadie le creía y lo consideraban un
loco necesitado de atención. Esperaba, realmente esperaba que esos libros les dijera
la verdad sobre el regreso de Voldemort.
Ron,
Hermione, los gemelos, Ginny y algunos más compañeros de Gryffindor habían
visto negar a Harry, los que le creían se hundieron en su lugar con pesadez y
los que no simplemente ignoraron su gesto.
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—.
Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
—¿Un qué?
—Un caramelo de limón. Es una clase de
dulces de los muggles que me gusta mucho.
—No, muchas gracias —respondió con
frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un
momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se
haya ido...
—Mi querida profesora, estoy seguro de que
una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa
tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente
para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora
McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en
desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá
muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún
motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
Cuando
Bloom dijo nuevamente el nombre casi todo el gran comedor se estremeció, la
mayoría temía decir el nombre o escucharlo. Siempre había sido así y Harry
dudaba que ese efecto desapareciera fácilmente. Temía que incluso aunque
Voldemort fuera vencido la gente no se atreviera a llamarlo por su nombre. El
miedo era demasiado y más por aquellos que habían perdido a alguien a manos de
él o de los mortífagos.
—Sé que usted no tiene ese problema
—observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero
usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh,
bueno, Voldemort, tenía miedo.
Nuevamente
jadeos y estremecimientos recorrieron el gran comedor haciendo exasperar a
Harry. –Esto es absurdo, el nombre no
hace nada, es como si pensaran que por solo decir Voldemort una Avada Kedavra
fuera a salir de la boca y los fuera a matar. Realmente es muy absurdo- Harry comentó en voz baja con sus amigos sin
darse cuenta de que varios lo habían escuchado y le daban la razón, aunque eso
no quitaba que tuvieran miedo de siquiera decir el nombre.
—Me está halagando —dijo con calma
Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
—Sólo porque usted es demasiado...
bueno... noble... para utilizarlos.
—Menos mal que está oscuro. No me he
ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas
orejeras.
La profesora McGonagall le lanzó una
mirada dura, antes de hablar.
Todo
el gran comedor estuvo de acuerdo con esa afirmación por parte de su profesora.
Incluso los de la mesa de Slytherin.
Después de todo era muy bien sabido que el señor oscuro no se había atrevido ni
antes o ahora a enfrentarlo directamente y que el director era muy buen mago,
pero no era capaz de utilizar magia oscura. Eso era demasiado peligroso y
atrayente como para que lo utilizara.
—Las lechuzas no son nada comparadas con
los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que
desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
Harry
suspiró y bajó la mirada. Él sabía muy qué era lo que lo detuvo en aquel momento.
Había sido él gracias a la poderosa magia del sacrificio de su madre. Sonrió
levemente al sentir que Hermione le tomaba una de sus manos y la apretaba con
cariño y Ron palmeaba su espalda repetidas veces en señal de apoyo. En ese
momento se sintió muy afortunado, a pesar de haber sido muy injusto con sus
amigos ellos seguían ahí, apoyándolo. No era digno de ellos.
Parecía que la profesora McGonagall había
llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la
que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como
mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en
aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían»,
no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore,
sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
—Lo que están diciendo —insistió— es que
la pasada noche Voldemort
apareció en el valle de Godric. Iba a
buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están...
bueno, que están muertos.
Al
termino de aquellas palabras en su mayoría los alumnos del colegio vieron a
Harry con lastima y él solo quería ser tragado por la tierra y no salir más.
Odiaba esas miradas, las odiaba y lo hacían sentir muy molesto.
Estaba
seguro de que la mayoría antes de venir al colegio lo tachaban de mentiroso y
loco. Después de todo el periódico El Profeta era así como lo describía y el
mundo mágico le hacía caso.
Mientras
Harry lamentaba la muerte de sus padres y rehuía de la mirada de sus compañeros
pasó desapercibido por casi todos la reacción de dos alumnos que estaban
sentados al final del gran comedor, muy cerca de la puerta. Veían con suma
tristeza y añoranza a Harry lo cual se les hizo extraño tanto a Lupin como a
Sirius que fueron los únicos en notar esas extrañas miradas sobre Harry.
Era
como si James y Lily estuvieran tras un disfraz, pero ambos negaron con la
cabeza. Eso era imposible, James y Lily estaban muertos, quizás solo habían
malinterpretado sus miradas y también eran de lastima.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora
McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No
quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada
en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
Padfoot
aulló con tristeza mientras Lupin y muchas otras personas (que habían conocido
a Lily y a James) bajaron la cabeza con tristeza, algunos ocultando lagrimas
que se asomaban por sus ojos. Lily y James habían sido muy queridos y
respetados por la mayoría de la comunidad mágica. Eso de algún modo hizo feliz
a Harry, el saber que sus padres habían sido tan queridos cuando vivían.
En
cambio, los recién revividos Lily y James voltearon a ver a las hadas y les
suplicaron con la mirada que les dejaran mostrar que contra todo pronóstico
estaban ahí, vivos y que no desaparecerían a medianoche como si de una
alucinación se tratara.
Tecna
notó las miradas de súplica de aquellos dos, pero negó levemente con la cabeza,
todavía no era el momento oportuno para su aparición, después de todo su
regreso junto al del joven Diggory y algunos más sería una gran revelación y
debía ser analizada desde todos los puntos.
Entendiendo
la negativa solo suspiraron y se miraron entre ellos con una leve sonrisa.
Podían esperar, después de todo, cuando se diera a conocer su regreso podrían
quedarse a lado de su hijo por mucho más tiempo. Así que valdría la pena la
espera.
La voz de la profesora McGonagall temblaba
cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al
hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe
por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se
rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Dumbledore asintió con la cabeza,
apesadumbrado.
—¿Es... es verdad? —tartamudeó la
profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que
mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que
podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?
-Si ¿cómo lo hizo? Aun después de tantos
años nadie sabe cómo es posible que Potter haya sobrevivido a la maldición
asesina y haber salido de ahí con una simple cicatriz. Creo que tenemos el
derecho de saber cómo fue.- Dijo en voz
alta un alumno de Hufflepuff llamado Zacharias Smith, mostrando una vez más lo
odioso e idiota que podía llegar a ser.
Sin
poder contenerse a pesar de que Lily apretaba su mano con algo de fuerza James
Potter se levantó de su lugar y fulminó con la mirada a ese chiquillo
insolente. Y antes de que Harry lograra decirle algo el comenzó a gritar. -¿DERECHO? ¿QUÉ TIENEN DERECHO A SABER COMO
ES QUE NOSO…- Una mirada de advertencia
por parte de las hadas le hizo cambiar la dirección de su discurso. -¿QUÉ TIENEN DERECHO A SABER COMO ES QUE LILY
Y JAMES POTTER MURIERON Y EL POR QUE SU HIJO SALIÓ BIEN LIBRADO? ¿QUIÉN ERES TÚ
Y POR QUE CREES QUE TIENES ESE MALDITO DERECHO? ¿A CASO FUISTE TÚ QUIEN DIO SU
VIDA A CAMBIO DE LA DE SU HIJO? ¿FUISTE TÚ QUIEN SE ATREVIO A DAR LUCHA CARA A
CARA A LORD VOLDEMORT? NO, ¿VERDAD? ENTONCES NO TE ATREVAS A DECIR QUE TIENES
EL MALDITO DERECHO A SABER ESAS COSAS CUANDO NI SIQUIERA TE ATREVES A LLAMARLO POR
SU NOMBRE-
Ya
más calmado y después de haberse desahogado un poco se sentó y abrazó a su
esposa para terminar de tranquilizarse sin darse cuenta de que todo el gran
comedor estaba en un silencio ensordecedor hasta que sintió una mirada
penetrante. Cuando encontró al dueño de esa mirada lo miró por varios minutos.
Su hijo era tan parecido a él, menos los ojos que eran idénticos a los de su
amada Lily, sonrió sin poder evitarlo y se giró hacia las hadas para terminar
de escuchar ese primer capítulo. Sin embargo, Harry no dejó de mirarlo, se le
había hecho tan raro que alguien más saltara de ese modo para defenderlo a él y
a sus padres, y más aún al ver a dos chicos que parecían mayores para seguir en
el colegio y que definitivamente él no conocía, pero algo en su interior le
decía que los conocía de algún modo, pero no estaba seguro, sus rostros no le
eran familiares, aunque en esencia les recordaban a sus padres. Negó con la
cabeza y suspiró, eso era absurdo, sus padres estaban muertos y él no los había
conocido, Voldemort los había asesinado. Después de varios minutos se sentó,
pero sin dejar de ver ocasionalmente a aquella pareja.
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo
Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
La profesora McGonagall sacó un pañuelo
con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore
resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un
reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se
movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener
sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él
quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo
me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que
venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y
su tío. Son la única familia que le queda ahora.
—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a
la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y
señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo
el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que
tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera,
pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
-Ojalá Dumbledore le hubiera hecho caso a
la profesora McGonagall, cualquier otro sitio hubiera sido mejor que vivir con
ellos.- Dijo un poco triste Harry,
después de tantos años había aprendido a ignorarlos y soportarlos, pero aun así
daría lo que fuera por no haber sido criado por ellos.
-No creerás que un orfanato hubiera sido
mejor ¿o sí?- Le pregunto su amiga
mientras lo veía con escepticismo. –Sé
que tu vida con esos muggles es horrible, pero estoy segura de que en un
orfanato te hubiera ido peor.-
-Quizás si Hermione, pero ellos tendrían
la excusa de decir que no son mi familia por lo que no están obligados a ser
amables conmigo, en cambio mi propia familia me trata peor que a un elfo
domestico- Harry habló con suma tristeza
por primera vez en años, la mayoría del gran comedor lo escucho y sintieron más
que lastima suma tristeza por las palabras de Harry, incluso Severus y Draco y
se preguntaron que tanto habría vivido con esos muggles como para expresarse
así.
Sus tíos por el contrario pensaron lo mismo que Harry, para ellos
hubiera sido mucho mejor que ese señor hubiera llevado a su sobrino a un
orfanato o que se lo hubiera entregado a cualquiera de los magos que estaban
ahí dispuestos a defenderlo de “sus malos tratos”.
Por otro lado, Dudley no pudo evitar sentirse mal. Ahora veía lo mal que
habían tratado a su primo, no podía concebir que alguien prefiriera un orfanato
que un verdadero hogar. Definitivamente debía disculparse con su primo por todo
y tratar de llevar una relación sana y agradable con él.
—Es el mejor lugar para él —dijo
Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor.
Les escribí una carta.
-Claro que no es lo mejor para él- Contestó todo el gran comedor mirando con
molestia al director. Así como Draco y Severus no sabían que tan mal la había
pasado Harry con esos muggles, pero por sus palabras suponían que nada bien y
todo era culpa del director.
—¿Una carta? —repitió la profesora
McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede
explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será
famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en
el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos
los niños del mundo conocerán su nombre.
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada
muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier
niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera
recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo,
hasta que esté preparado para asimilarlo?
Los
adultos quisieron estar en contra de esas palabras, pero sabían que tenía
razón. Si Harry hubiera sido criado por magos lo hubieran consentido tanto que
estaban seguros hubiera sido pero que el chico Draco Malfoy o el primo de Harry
y el noble, amable e inocente Harry que conocían no existiría.
La profesora McGonagall abrió la boca,
cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero
¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa
del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.
—Hagrid lo traerá.
—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid
algo tan importante como eso?
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo
Dumbledore.
Hagrid
sonrió con suficiencia desde la mesa de profesores al escuchar las palabras del
director. Eso lo hacía sentir muy feliz, saber que Dumbledore confiaba tanto en
él era algo que lo llenaba de orgullo y por eso se prometió que haría lo que
fuera necesario para que siguiera así.
—No estoy diciendo que su corazón no esté
donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me
dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Un ruido sordo rompió el silencio que los
rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la
calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos
miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en
el camino, frente a ellos.
Padfoot comenzó a ladrar muy feliz y a mover su cola con rapidez, esa
moto era suya, se la había dado a Hagrid para que llevara a su pequeño ahijado
con Dumbledore, ah, como extrañaba su motocicleta. Cuando su nombre quedara
limpio definitivamente compraría una nueva y con ayuda de Arthur le pondría
varios hechizos interesante.
Cuando
se calmó y se hizo bolita nuevamente a los pies de Harry la lectura continúo.
La moto era inmensa, pero si se la
comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más
alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que
era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello
negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos
tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados
con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos
sostenía un bulto envuelto en mantas.
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por
fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la han prestado; profesor Dumbledore
—contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El
joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
—¿No ha habido problemas por allí?
—No, señor. La casa estaba casi destruida,
pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido
mientras volábamos sobre Bristol.
Moody
asintió en dirección a semi gigante aprobando su actuar. Evitar a los muggles
en situaciones así era lo primordial.
Hagrid
al ver la aprobación de ojo loco sintió como su pecho se hinchaba de orgullo. Después
de todo Moody era un gran auror y recibir su aprobación era un gran alago.
Dumbledore y la profesora McGonagall se
inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente
dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver
una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
—¿Fue allí...? —susurró la profesora
McGonagall.
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa
cicatriz para siempre.
—¿No puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque pudiera, no lo haría. Las
cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un
diagrama perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor
que terminemos con esto.
Dumbledore se volvió hacia la casa de los
Dursley
—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor?
—preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre
Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid
dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
Harry
le sonrió con cariño a su amigo, él quería mucho a Hagrid y de alguna forma le
alegraba que hubiera sido el quien lo sacara de los escombros de su casa. Se
sentía feliz por ello.
—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—.
¡Vas a despertar a los muggles!
—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se
limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James
muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...
—Sí, sí, es todo muy triste, pero
domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró la profesora McGonagall, dando
una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja
del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en
el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y
luego volvió con los otros dos. Durante un largo minuto los tres contemplaron
el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora
McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore
irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.
—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya
está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a
las celebraciones.
—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy
a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor
Dumbledore.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga
de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner
el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la
noche.
Harry
hizo una mueca extraña de disgusto. Sus padres recién habían sido asesinados,
él había sido condenado a vivir una vida de elfo domestico con su “familia”
cuando en su lugar debieron haberle cuidado y amado, aunque sea un poco y la
gente simplemente se ponían a celebrar… eso sí que era una mierda.
Hermione
debió adivinar sus pensamientos porque tomó su mano nuevamente y le sonrió. –Harry, se lo que estás pensando, pero sabes
que no lo hicieron con mala intención, nadie sabía que la pasarías tan mal con
esos muggles. Además, como dijo Dumbledore, en esa época tenían años sin tener
motivos para celebrar-
-Lo se Hermione, es solo que ha sido duro
¿sabes? Pero ya no importa, espero que este próximo verano Dumbledore no me
obligue a regresar con mis tíos.-
-Pues por fin coincidimos en algo, espero
que el próximo verano no seamos obligados a recibirte una vez más en nuestra
casa- Habló sin pensar Vernon, Ron y
Hermione quisieron hechizarlo, pero Harry les mano una mirada de “no importa”
por lo que después de mandarle una desagradable mirada pusieron atención a la
lectura y Harry le decía lo mismo a Padfoot que se veía con una enormes ganas
de ir y morderlos con fuerza hasta que se disculparan con Harry por su
estupidez.
—Nos veremos pronto, espero, profesora
McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La
profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta.
Dumbledore se volvió y se marchó calle
abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo
funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que
Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato
atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle.
También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media
vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
-Realmente necesite de mucha suerte para
no morir de bebé a manos de mi primo, o por inanición a manos de mis tíos.- Harry susurró tan bajo que nadie fue capaz de
escucharlo. Harry era realmente desgraciado con su vida en Privet Drive pero
jamás lo había exteriorizado al cien por ciento, después de todo había
aprendido a callar sus problemas y resolverlos como pudiera.
Después
de todo, había tenido que madurar demasiado rápido para sobrevivir en casa de
sus tíos. Suspiró hondo y apartó los pensamientos deprimentes de su mente, también
había aprendido que quien se deprime y se enoja pierde y él no pensaba perder
ni darle la satisfacción a sus tíos de que sus compañeros lo vieran mal por su
culpa.
Una brisa agitó los pulcros setos de
Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta.
Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas.
Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano
pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso,
sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora
Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche.
Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo
Dudley. No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se
reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo,
con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».
-Bien, aquí acaba el primer capítulo, esperó la lectura haya sido por demás educativa para todos. Veamos- Tecna lanzó un pequeño hechizo apareciendo un gran reloj digital suspendido en el aire mostrando que ya eran casi las ocho y media de la noche por lo que se dirigió al director. –Ya es tarde, ¿leemos otro capítulo o mejor que se sirva la cena?-
-Vaya, que extraño reloj- Comentó asombrado el director y después de
pensarlo un poco se dirigió a la audiencia.
–Por hoy no se leerá más. Cenaremos y después se irán a la cama. Mañana
continuaremos con la lectura-
Y
así después de un chasquido de dedos la cena fue servida y los murmullos no se
hicieron esperar.
CONTINUARA
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